COMUNICACIÓN Y SOLIDARIDAD EN TIEMPOS DE GLOBALIZACION
1. Globalización
comunicacional
El globo ha dejado
de ser una figura astronómica para adquirir plenamente significación
histórica, afirma el sociólogo brasileño O. Ianni.
Pero esa significación es aún profundamente ambigua y hasta
contradictoria. )Cómo entender los cambios que la globalización
produce en nuestras sociedades sin quedar atrapados en la ideología
mercantilista que orienta y legitima su actual curso, o en el fatalismo
tecnológico que legitima el desarraigo acelerado de nuestras culturas?.
Identificada por unos con la única gran utopía posible, la
de un sólo mundo compartido, y por otros con la más terrorífica
de las pesadillas, la de la sustitución de los hombres por las técnicas
y las máquinas, la globalización pesa tanto o más
sobre el plano de los imaginarios cotidianos de la gente que sobre el de
los procesos macrosociales. Hay sin embargo algunas dimensiones de la globalización
que sí empezamos a comprender y son justamente aquellas que atañen
a la transformación en los modelos y los modos de la comunicación.
Entender esas transformaciones nos exige, en primer lugar, un cambio en las categorías con que pensamos el espacio. Pues al transformar el sentido del lugar en el mundo, las tecnologías de la información y la comunicación -satélites, informática, televisión- están haciendo que un mundo tan intercomunicado se torne sin embargo cada día más opaco. Opacidad que remite, de un lado, a que la única dimensión realmente mundial hasta ahora es el mercado, que más que unir lo que busca es unificar (Milton Santos), y lo que hoy es unificado a nivel mundial no es una voluntad de libertad sino de dominio, no es el deseo de cooperación sino el de competitividad. Y de otro lado la opacidad remite a la densidad y compresión informativa que introducen la virtualidad y la velocidad en un espacio-mundo hecho de redes y flujos y no de elementos materiales. Un mundo así configurado debilita radicalmente las fronteras de lo nacional y lo local, al mismo tiempo que convierte esos territorios en puntos de acceso y transmisión, de activación y transformación del sentido del comunicar.
Y sin embargo nos es imposible habitar el mundo sin algún de tipo de anclaje territorial, de inserción en lo local. Ya que es en el lugar, en el territorio, donde se despliega la corporeidad de la vida cotidiana y la temporalidad -la historia- de la acción colectiva, que son la base de la heterogeneidad humana y de la reciprocidad, rasgos fundantes de la comunicación humana. Pues, aun atravesado por las redes de lo global, el lugar sigue hecho del tejido de las vecindades y las solidaridades. Lo cual exige poner en claro que el sentido de lo local no es unívoco. Pues uno es el que resulta de la fragmentación, producida por la des-localización que entraña lo global, y otro la revalorización de lo local como ámbito donde se contrarresta (y complementa) la globalización, su autorrevalorización como derecho a la autogestión y la memoria propia, ambos ligados a la capacidad de construir relatos e imágenes de identidad. Lo que no puede confundirse en ningún modo con la regresión a los particularismos y los fundamentalismos racistas y xenófobos que, aunque motivados en parte por la misma globalización, acaban siendo la forma más extrema de la negación del otro, de todos los otros. El nuevo sentido que comienza a tener lo local no tiene nada de incompatible con el uso de las tecnologías comunicacionales y las redes informáticas. Hoy esas redes no son únicamente el espacio por el que circula el capital, las finanzas, sino un "lugar de encuentro" de multitud de minorías y comunidades marginadas o de colectividades de investigación y trabajo educativo o artístico. En las grandes ciudades el uso de las redes electrónicas está permitiendo construir grupos que, virtuales en su nacimiento, acaban territorializándose, pasando de la conexión al encuentro, y del encuentro a la acción.
Estamos entonces necesitados de diferenciar las lógicas unificasteis de la globalización económica de las que mundializan la cultura. Pues la mundialización cultural no opera desde un afuera sobre esferas dotadas de autonomía, como serían las de lo nacional o lo local. "Sería impropio hablar de una 'cultura-mundo' cuyo nivel jerárquico se situaría por encima de las culturas nacionales o locales. El proceso de mundialización es un fenómeno social total, que para existir se debe localizar, enraizarse, en las prácticas cotidianas de los hombres". (R:Ortiz). La mundialización no puede entonces confundirse con la estandarización de los diferentes ámbitos de la vida que fue lo que produjo la revolución industrial. Ahora nos encontramos ante otro tipo de proceso, que se expresa en la cultura de la modernidad-mundo, que es "una nueva manera de estar en el mundo". De la que hablan los hondos cambios producidos en el mundo de la vida: en el trabajo, la pareja, el vestido, la comida, el ocio. O en los nuevos modos de inserción en, y percepción de, el tiempo y espacio. Con todo lo que ellos implican de una descentralización que concentra poder y de un desarraigo que empuja la hibridación de las culturas. Es lo que sucede cuando los medios de comunicación y las tecnologías de información se convierten en productores y vehículos de la mundialización de imaginarios ligados a músicas e imágenes que representan estilos y valores desterritorializados y a los que corresponden también nueva figuras de la memoria.
Pero esos fenómenos
de mundialización comunicativa no pueden ser pensados como meros
procesos de homogeneización. Lo que ahí se juega hoy es un
profundo cambio en el sentido de la diversidad. Hasta hace poco la diversidad
cultural fue pensada como una heterogeneidad radical entre culturas, cada
una enraizada en un territorio específico, dotadas de un centro
y de fronteras nítidas. Toda relación con otra cultura lo
era en cuanto extraña/extranjera y contaminante, perturbación
y amenaza en si misma para la propia identidad. Pero el proceso de mundialización
que ahora vivimos, es a la vez un movimiento de potenciación de
la diferencia. y de exposición constante de cada cultura a las otras,
de mi identidad a la del otro. Lo que implica un permanente ejercicio de
reconocimiento a lo que constituye la diferencia de los otros como potencial
enriquecimiento de la nuestra, y una exigencia de respeto a lo que en el
otro, en su diferencia, hay de intransferible. y no transable, incluso
de incomunicable. Mezclar el plano colectivo de las culturas con el de
los individuos, que se mueven en planos claramente diferentes, permite
sin embargo constatar que lo que pasa en el uno produce efectos sobre el
otro: el reconocimiento de las diferencias culturales tradicionales -las
étnicas y
raciales- tanto como el de las modernas -las de género o de los
homosexuales-pasa sin duda por el plano de los derechos y las leyes, pero
éstos sólo se realizan en el cotidiano reconocimiento de
los derechos y el respeto de los individuos que encarnan esas culturas.
La mundialización de la cultura reconfigura también el sentido de la ciudadanía: "De tanto crecer hacia fuera, las metrópolis adquieren los rasgos de muchos lugares. La ciudad pasa a ser un caleidoscopio de patrones y valores culturales, lenguas y dialectos, religiones y sectas, etnias y razas. Distintos modos de ser pasan a concentrarse y convivir en el mismo lugar, convertido en síntesis del mundo" (O. Ianni). Al mismo tiempo vemos aparecer la figura de una ciudadanía mundial (W.Kymilcka) inaugurando nuevos modos de representación y participación social y política. Pues también las fronteras que constreñían el campo de la política y los derechos humanos hoy no son sólo borrosas sino móviles, cargando de sentido político los derechos de las etnias, las razas, los géneros. Lo cual no debe ser leído ni en la clave optimista de la desaparición de las fronteras y el surgimiento (al fin!) de una comunidad universal, ni en la catastrofista de una sociedad en la que la "liberación de las diferencias" acarrearía la muerte del tejido societario, de las formas elementales de la convivencia social. Como lo ha señalado J. Keane existe ya una esfera pública internacional que moviliza formas de ciudadanía mundial, como lo muestran las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos y las ONGs que, desde cada país, median entre lo transnacional y lo local. En el esfuerzo por entender la complejidad de las imbricaciones entre fronteras e identidades, memorias largas e imaginarios del presente, adquiere todo su sentido la imagen/metáfora del palimsesto: ese texto en el que un pasado borrado emerge tenazmente, aunque borroso, en las entre líneas que escriben el presente.
Todo lo cual nos conduce finalmente a los retos que en la gestación de una cultura mundializada están jugando los aprendizajes a la convivencia con los nuevos campos de experiencia que despliegan las tecnologías de la globalización, o en su contrario el ahondamiento de la división y la exclusión social que ellas están ya produciendo. El más grave de los retos que la comunicación le plantea hoy a la educación es que mientras los hijos de las clases pudientes entran en interacción con el nuevo ecosistema informacional y comunicativo desde su propio hogar, los hijos de las clases populares -cuyas escuelas públicas no tienen, en su inmensa mayoría, la más mínima interacción con el entorno informático, siendo que para ellos la escuela es el espacio decisivo de acceso a las nuevas formas de conocimiento- están quedando excluidos del nuevo espacio laboral y profesional que la cultura tecnológica configura. De ahí la importancia estratégica que cobra hoy una escuela capaz de un uso creativo y crítico de los medios audiovisuales y las tecnologías informáticas.
2. La comunicación cuestión de cultura
En América Latina lo que pasa en/por los medios de comunicación no puede ser comprendido al margen de la heterogeneidad, los mestizajes y las discontinuidades culturales que median la significación de los discursos masivos. Pues lo que los procesos y prácticas de la comunicación colectiva ponen en juego no son únicamente desplazamientos del capital e innovaciones tecnológicas sino hondas transformaciones en la cultura cotidiana de las mayorías: en los modos de estar juntos y tejer lazos sociales, en las identidades que plasman esos cambios y en los discursos que socialmente los expresan y legitiman. Cambios que remiten a "la persistencia de estratos profundos de la memoria y la mentalidad colectiva, sacados a la superficie por las bruscas alteraciones del tejido tradicional que la propia aceleración modernizadora comporta" (G. Marramao).
Es por lo anterior que en los últimos años los investigadores sociales han comenzado a pensar que los logros y los fracasos de nuestros pueblos en la lucha por defenderse y renovarse culturalmente se hallan estratégicamente ligados a las dinámicas y los bloqueos en la comunicación. Ya sea asociando los procesos de modernización de los países a la revolución de las tecnologías comunicativas por su incidencia sobre la reconversión industrial, la renovación educativa, la nueva cultura organizacional o la descentralización política." O bien haciendo a la comunicación masiva sinónimo de lo que nos engaña y manipula, de lo que nos desfigura como países y nos destruye culturalmente como pueblos. La comunicación es percibida en todo caso como el escenario cotidiano del reconocimiento social, de la constitución y expresión de los imaginarios desde los cuales las gentes, se representan lo que temen o lo que tienen derecho a esperar, de sus miedos y sus esperanzas. Los medios han entrado así a hacer parte decisiva de los nuevos modos de percibirnos como latinoamericanos (J.Martín Barbero) . Lo que significa que en ellos no sólo se reproduce la ideología, también se hace y rehace la cultura de las mayorías, no sólo se comercializan unos formatos sino que se recrean las narrativas en las que se entrelaza el imaginario mercantil con la memoria colectiva.
Son muchos aún los prejuicios que nos impiden sin embargo preguntarnos cuánto del vivir cotidiano de las gentes, rechazado del ámbito de la educación y la cultura con mayúsculas, ha venido a encontrar expresión en la industria comunicativa y cultural. Una expresión interesada y deformada ciertamente, pero capaz de procurar al común de la gente una experiencia moderna de identidad y reconocimiento social. Asumir la complejidad de esa experiencia nos está exigiendo pensar las contradicciones que la atraviesan: el doble movimiento que articula, en el funcionamiento de los medios, las demandas sociales y las dinámicas culturales a las lógicas mercado; y viceversa, el que vincula el éxito del proceso globalizador a la interacci6n lograda por su discurso con los códigos perceptivos de cada pueblo, o mejor a la capacidad de apropiarse de las posibilidades ofrecidas por las nuevas tecnologías.
La comunicación
mediática aparece entonces haciendo parte de las desterritorializaciones
y relocalizaciones que acarrean las migraciones sociales y las fragmentaciones
culturales de la vida urbana, del campo de tensiones entre tradición
e innovación, entre el gran arte y las culturas del pueblo, del
espacio en que se redefine el alcance de lo público y el sentido
de la democracia. Perspectiva en la que deben ser colocados y comprendidos
procesos que nos desafían a diario, como estos:
a/ Los modos de
supervivencia de las culturas tradicionales: Estamos ante una profunda
reconfiguración de las culturas -campesinas, indígenas, negras-
que responde, no, sólo a la evolución de los dispositivos
de dominación sino también a la intensificación de
su comunicación e interacción con las otras culturas de cada
país y del mundo. Desde dentro de las comunidades esos procesos
de comunicación son percibidos a la vez como otra forma de amenaza
a la supervivencia de sus culturas y como una posibilidad de romper la
exclusión, como experiencia de interacción que si comporta
riesgos también abre nuevas figuras de futuro. Pues hay en
esas comunidades menos complacencia nostálgica con las tradiciones
y una mayor conciencia de la indispensable reelaboración simbólica
que exige la construcción del futuro (Garcia Canclini). Así
lo demuestran la diversificación y desarrollo de la producción
artesanal en una abierta interacción con el diseño moderno
y hasta con ciertas lógicas de las industrias culturales, la existencia
creciente de emisoras de radio y televisión programadas y gestionadas
por las propias comunidades, y hasta la presencia del movimiento Zapatista
proclamando por Internet la utopía de los indígenas mexicanos
de Chiapas.
b/ Las aceleradas transformaciones de las culturas urbanas: Renovando los modos de estar juntos -pandillas juveniles, comunidades pentecostales, ghetos sexuales-desde los que los habitantes de la ciudad responden a unos salvajes procesos de urbanización que, a la vez que arrasan con la memoria de la ciudad, empatan con los imaginarios de la modernidad de los tráficos y la fragmentariedad de los lenguajes de la información. Vivimos en unas ciudades desbordadas no sólo por el crecimiento de los flujos informáticos sino por esos otros flujos que sigue produciendo la pauperización y emigración de los campesinos, produciendo la gran paradoja de que mientras lo urbano desborda la ciudad permeando crecientemente el mundo rural, nuestras ciudades viven un proceso de des-urbanización, de ruralización de la ciudad devolviendo vigencia a viejas formas de supervivencia que vienen a insertar, en los aprendizajes y apropiaciones de la modernidad urbana, saberes, sentires y relatos fuertemente campesinos.
c/ Los nuevos modos de estar juntos : Las generaciones de los más jóvenes se ven hoy convertidos en indígenas de culturas densamente mestizas tanto en los modos de hablar y de vestirse, en la música que hacen u oyen y en las grupalidades que conforman, incluyendo las que posibilita el Internet. Es en el mundo de los jóvenes urbanos donde se hacen visibles algunos de los cambios más profundos y desconcertantes de nuestras sociedades contemporáneas: ni los padres constituyen ya el patrón de las conductas, ni la escuela es al único lugar legitimado del saber, ni el libro es ya el eje que articula la cultura. Los jóvenes viven hoy la emergencia de nuevas sensibilidades, dotadas de una especial empatía con la cultura tecnológica, que va de la información absorbida por el adolescente en su relación con la televisión a la facilidad para entrar y manejarse en la complejidad de las redes informáticas. Frente a la distancia y prevención con que gran parte de los adultos resienten y resisten esa nueva cultura -que desvaloriza y vuelve obsoletos muchos de sus saberes y destrezas- los jóvenes experimentan una empatía cognitiva hecha de una gran facilidad para relacionarse con las tecnologías audiovisuales e informáticas; y de una complicidad expresiva: con sus relatos e imágenes, sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades, en los que ellos encuentran su idioma y su ritmo. Pues frente a las culturas letradas, ligadas a la lengua y al territorio, las electrónicas, audiovisuales, musicales, rebasan esa adscripción produciendo nuevas comunidades que responden a nuevos modos de percibir y narrar la identidad. Estamos ante nueva identidades, de temporalidades menos largas, más precarias pero también más flexibles, capaces de amalgamar y convivir ingredientes de universos culturales muy diversos. AEn nuestras barriadas populares tenemos camadas enteras de jóvenes, cuyas cabezas dan cabida a la magia y la hechicería las culpas cristianas y a su intolerancia piadosa, lo mismo que al mesianismo y al dogmas estrecho e hirsuto, a utópicos sueños de igualdad y libertad, indiscutibles y legítimos, así como a sensaciones de vacío, ausencia de ideologías totalizadoras, fragmentaciones de la vida y tiranía de la imagen fugaz, y al sonido musical como único lenguaje de fondo"(F. Cruz Kronfly).
d/ Las relaciones entre educativo difuso y descentrado en que estamos inmersos. Los medios de comunicación y las tecnologías de información significan para la escuela ante todo eso: un reto cultural, que hace visible la brecha cada día más ancha entre la cultura desde la que enseñan los maestros y aquella otra desde la que aprenden los alumnos. Pues los medios no sólo descentran las formas de transmisión y circulación del saber sino que constituyen un decisivo ámbito de socialización, de dispositivos de identificación/proyección de pautas de comportamiento, estilos vida y patrones de gustos.
Es sólo a partir de la asunción de la tecnicidad mediática como dimensión estratégica de la cultura que la escuela puede insertarse en los procesos de cambio que atraviesa nuestra sociedad. Para lo cual la escuela debe interactuar con los campos de experiencia en que hoy se procesan los cambios: hibridaciones de la ciencia y el arte, de las literaturas escritas y las audiovisuales, reorganización de los saberes desde los flujos y redes por los que hoy se moviliza no sólo la información, sino el trabajo y la creatividad, el intercambio y la puesta en común de proyectos, de investigaciones, de experimentaciones estéticas. Y por lo tanto interactuar con los cambios en el campo/mercado profesional, es decir con las nuevas figuras y modalidades que el entorno informacional posibilita, con los discursos y relatos que los medios masivos movilizan y con las nuevas formas de participación ciudadana que ellos abren especialmente en la vida local, comunicación y educación: Reducidas al uso instrumental de los medios en la escuela se deja fuera lo que sería estratégico pensar: la inserción de la educación en los complejos procesos de comunicación de la sociedad actual, el ecosistema comunicativo que constituye el entorno
3. La cultura cuestión de comunicación
Las relaciones de la cultura con la comunicación han sido con frecuencia reducidas al mero uso instrumental, divulgador y endoctrinador. Pero esa relación desconoce la naturaleza comunicativa de la cultura, esto es la función constitutiva que la comunicación ocupa en la estructura del proceso cultural. Pues las culturas viven mientras comunican unas con otras, y ese comunicar conlleva un denso y arriesgado intercambio de símbolos y de sentidos. Toda ortopedia cultural está abocada a terminar en gheto, o lo que es peor en exhibición de exotismos para turistas. Frente al discurso que mira las culturas tradicionales únicamente como algo a conservar, cuya autenticidad se hallaría sólo en el pasado, y para el que cualquier intercambio aparece como contaminación, es en nombre de lo que en esas culturas tiene derecho al futuro que se hace necesario afirmar: no hay posibilidad de ser fiel a una cultura sin transformarla, sin asumir los conflictos que toda comunicación profunda entraña.
El desconocimiento del sentido antropológico de esa relación ha conducido a una propuesta de comunicación puramente contenidista de la cultura-tema para divulgación en los medios, y a una política meramente difusionista de la comunicación como mero instrumento de propagación cultural. Existen sin embargo otros modelos de comunicación que, tanto desde la investigación como en la experiencia de los movimientos sociales, convergen sobre el reconocimiento de la competencia comunicativa de las comunidades y la naturaleza negociada, transnacional de la comunicación. Desde esta perspectiva la comunicación de la cultura depende menos de la cantidad de información que circule que de la capacidad de apropiación que ella movilice, esto es de la activación de la competencia cultural de las comunidades. Comunicación significará entonces puesta en común de la experiencia creativa, reconocimiento de las diferencias y apertura al otro. El comunicador deja entonces de tener la figura del intermediario -aquel que se instala en la división social y en lugar de trabajar para abolir las barreras que refuerzan la exclusión defiende su oficio: una comunicación en la que los emisores/creadores sigan siendo una pequeña élite y las mayorías continúen siendo el mero receptor y resignado espectador-para asumir el papel de mediador: que es el que hace explícita la relación entre diferencia cultural y desigualdad social, entre diferencia y ocasión de dominio, y desde ahí trabaja en hacer posible una comunicación que quite piso a las exclusiones al acrecentar el número de los emisores y creadores más que el de los meros consumidores.
Esta reubicación y reconfiguración del comunicador como mediador se orienta básicamente a entender la comunicación como la puesta en común de sentidos de la vida y la sociedad. Lo que implica dar prioridad al trabajo de activación, en las personas y los grupos, de su capacidad de narrar/construir su identidad. Pues la relación de la narración con la identidad no es meramente expresiva sino constitutiva (P. Ricoeur): la identidad -individual o colectiva- no es algo dado sino en permanente construcción, y se construye narrándose, haciéndose relato capaz de interpelar a los demás y dejarse interpelar por los relatos de los otros (E. Levinas). Todo lo cual implica una "ética del discurso" que haga posible la valoración de las diferentes "hablas", de las diversas competencias comunicativas, sin caer en el populismo y el paternalismo del "todo vale si viene de abajo". Pues lo que la verdadera comunicación pone en juego no es la engañosa demagogia con la que se conserva a la gente en su ignorancia o provincianismo sino la palabra que moviliza las diferentes formas y capacidades de apropiarse del mundo y de darle sentido.
Finalmente los procesos de creciente violencia, intolerancia e insolidaridad que nuestros países atraviesan hacen de la comunicación un espacio fundamental del reconocimiento de los otros (Ch. Taylor). Pues todo sujeto o actor social se construye en la relación que posibilita la reciprocidad: no hay afirmación duradera de lo propio sin reconocimiento simultáneo de lo diferente. Al trabajar en el reconocimiento de las demandas de las mayorías, tanto como en dc los derechos de las minorías, en el del valor de la cultura erudita como el de las populares y aun de las masivas, la nueva tarea del comunicador es menos la del manejador de técnicas y más la del mediador que pone a comunicar las diversas sociedades que conforman cada país y nuestros países entre si. Y ello implica trabajar especialmente contra la creciente insolidaridad que acarrean las políticas neo-liberales y mercantilistas que, al llevar la privatización a aquellos servicios públicos básicos, como la salud, la educación o las pensiones de vejez, están rompiendo el hilo de la cohesión constitutiva entre generaciones y arrojando a las mayorías a la desmoralización y la desesperanza, mientras las minorías acomodadas se repliegan en su amurallada privacidad, disolviendo de raíz el tejido colectivo y desvalorizando la experiencia de lo colectivo, identificada con el ámbito de la inseguridad, la agresividad y el anonimato.
Pese a la fascinación tecnológica, y al relativismo axiológico que predican los manuales del postmodernismo, comunicar ha sido y seguirá siendo algo mucho más difícil y largo que informar, pues es hacer posible que unos hombres reconozcan a otros en un doble sentido: les reconozcan el derecho a vivir y pensar diferentemente, y se reconozcan a si mismos en esa diferencia, es decir estén dispuestos a luchar en todo momento por la defensa de los derechos de los otros, ya que es en esos mismos derechos que están contenidos los propios.
4. Diferencia y solidaridad en la comunicación globalizada
Resulta hoy imposible desconocer que en las sociedades latinoamericanas los medios de comunicación, al posibilitar el acceso a otras visiones del mundo y a otras costumbres, han contribuido a enfriar los sectarismos políticos y religiosos, han relajado los talantes represivos y desarmado las tendencias autoritarias. Pero los nuevos vientos de fanatismo y la propagación del fundamentalismo no tienen nada que ver con los medios? No hay en ellos -en la masa de sus discursos y sus imágenes- una fuerte complicidad con esquematismos y maniqueismos, con exaltaciones de la fuerza y la violencia que alimentan secreta y lentamente viejas y nuevas modalidades de intolerancia y de integrismo? Escenario, expresivo como ningún otro eso si, de las contradicciones de esta época, los medios nos exponen cotidianamente a la diversidad de los gustos y las razones, a la diferencia, pero también a la indiferencia, a la creciente integración de lo heterogéneo de las razas, de las etnias, de los pueblos y los sexos en, el Asistema de diferencias" con el que, según J. Baudrillad, Occidente conjura y neutraliza, funcionaliza a los otros. Como si sólo sometidas al "esquema estructural de diferencias@ que Occidente propone nos fuera. posible relacionarnos con las otras culturas. Los medios de comunicación constituyen uno de los dispositivos más eficaces de ese "esquema", y ello mediante los procedimientos más opuestos. El que busca en las otras culturas lo que más se parece a la nuestra, y para ello silencia o adelgaza los trazos más conflictivamente heterogéneos y desafiantes. Para lo cual no habrá más remedio que estilizar y banalizar, esto es simplificar al otro, o mejor des-complejizarlo volverlo asimilable sin necesidad de descifrarlo. No es con imágenes baratas y esquemáticas de los indígenas, de los negros, de los primitivos, que la inmensa mayoría de los discursos massmediáticos, y especialmente de la televisión, nos aproximan a los otros? Y de forma parecida funciona el mecanismo de distanciamiento: se exotiza al otro, se lo folkloriza en un movimiento de afirmación de la heterogeneidad que al mismo tiempo que lo vuelve "interesante" le excluye de nuestro universo negándole la capacidad de interpelarnos y de cuestionarnos (Muñiz Sodré).
Más que opuesto, complementario de la globalización, el mundo vive un proceso expansivo de fragmentación, a todos los niveles y en todos los planos. Desde el estallido de las naciones a la proliferación de las sectas, desde la revalorización de lo local a la descomposición de lo social. Se impone entonces la pregunta; el crecimiento de conciencia de la diversidad no está desembocando en la relativización de toda certeza y en la negación de cualquier tipo de comunidad y aun de socialidad? Y el desarraigo que supone o produce esa fragmentación -en el ámbito de los territorios o los valores- no estará en la base de los nuevos integrismos y fundamentalismos? El elogio de la diversidad habla a la vez de una sensibilidad nueva hacia lo plural en nuestra sociedad, de una nueva percepción de lo relativo y precario de las ideologías y los proyectos de liberación, pero habla también del vértigo del eclecticismo que desde la estética a la política hacen que todo valga igual, confusión a cuyo resguardo los mercaderes hacen su negocio haciéndonos creer, por ejemplo, que la diversidad en televisión equivale a la cantidad de canales así esa cantidad acabe con la calidad y no ofrezca sino el simulacro hueco de la pluralidad.
Frente al tramposo pluralismo de los postmodernos que confunden la diversidad con la fragmentación, y al fundamentalismo de los nacionalistas étnicos que transforman la identidad en intolerancia, comunicación plural significa en América Latina el reto de asumir la heterogeneidad como un valor articulable a la construcción de un nuevo tejido de lo colectivo, de nuevas formas de solidaridad. Pues mientras en los países centrales el elogio de la diferencia tiende a significar disolución de la socialidad, en América Latina, como afirma N. Lechner, "la heterogeneidad sólo producirá dinámica social ligada a alguna noción de comunidad". No ciertamente a una idea de comunidad "rescatada" de algún idealizado pasado sino a aquella que asume las ambiguas formas modalidades del presente: desde las comunidades barriales que se unen para darle a su vida un poco de dignidad humana al tiempo que rescatan con sus formas tradicionales -narrativas y musicales- de comunicación las señas de su identidad, hasta esas nuevas comunidades que a través de las radios y canales comunitarios de televisión conectan las aldeas y las barriadas urbanas en la búsqueda de una información y comunicación que responda a sus verdaderas demandas de justicia social y de reconocimiento político y cultural. Y es que lo que comienza a hacerse visible en las emisoras comunitarias es el nuevo sentido que adquieren las relaciones entre cultura y política cuando los movimientos sociales barriales o locales encuentran, en un espacio público como el que abre la radio, la posibilidad ya no de ser representados sino de ser reconocidos: de hacer oír su propia voz, de poder decirse en sus lenguajes y relatos.
Mirada desde la comunicación la solidaridad desemboca en la construcción de una ética que se haga cargo del valor de la diferencia articulando la universalidad humana de los derechos a la particularidad de sus modos de percepción y de expresión. Estamos proponiendo una ética de la comunicación que, en la línea trazada por J. Habermas y G. Vattimo, tiene mucho menos de certezas y absolutización de valores que de posibilidades de encuentro y de lucha contra la exclusión social, política y cultural, de la que son objeto en nuestros países tanto las mayorías pobres como la minorías étnicas o sexuales. En la experiencia de desarraigo que viven tantas de nuestras gentes a medio camino entre el universo campesino y un mundo urbano cuya racionalidad económica e informativa disuelve sus saberes y su moral, devalúa su memoria y sus rituales, la solidaridad que pasa por la comunicación nos devela un doble campo de derechos a impulsar: el derecho a la participación en cuanto capacidad de las comunidades y los ciudadanos a la intervención en las decisiones que afectan su vivir, capacidad que se halla hoy estrechamente ligada a una información veraz y en la que predomine el interés común sobre el del negocio; el derecho a la expresión en los medios masivos y comunitarios de todas aquellas culturas y sensibilidades mayoritarias o minoritarias a través de las cuales pasa la ancha y rica diversa de la que están hechos nuestros países.
Un último plano de solidaridad que pasa por la comunicación es aquel desde el que hacer frente a una globalización que se construye a expensas de la integración de nuestros pueblos. En América Latina, aun estando estrechamente unida por la lengua y por largas y densas tradiciones, la integración económica con que nuestros países buscan insertarse competitivamente en el nuevo mercado mundial, está fracturando la solidaridad regional, especialmente por las modalidades de inserción excluyente de los grupos regionales (TLC, Mercosur) en los macrogrupos del Norte, del Pacífico y de Europa. Las exigencias de competitividad entre los grupos están prevaleciendo sobre las de cooperación y complementariedad regional, lo que a su vez se traduce en una aceleración de los procesos de concentración del ingreso, de reducción del gasto social y deterioro de la esfera pública. Pues la "sociedad de mercado" es puesta como requisito de entrada a la "sociedad de la información" de manera que la racionalidad de la modernización neoliberal sustituye los proyectos de emancipación social por las lógicas de una competitividad cuyas reglas no las pone ya el Estado sino el mercado, convertido en principio organizador de la sociedad en su conjunto. Las contradicciones latinoamericanas que atraviesan y sostienen su globalizada integración desembocan así decisivamente en la pregunta por el peso que las industrias de la información y la comunicación audiovisuales están teniendo en estos procesos, ya que esas industrias juegan en el terreno estratégico de las imágenes que de sí mismos se hacen estos pueblos y con las que se hacen reconocer de los demás. De ahí que la identidad cultural de nuestros pueblos podrá continuar siendo narrada y construida en los nuevos relatos y géneros audiovisuales sólo si las industrias comunicacionales son tomadas a cargo por unas políticas culturales de integración latinoamericana capaces de asumir lo que los medios masivos tienen de, y hacen con, la cultura cotidiana de la gente, y capaces también de implicar explícitamente al sistema educativo en la transformación de las relaciones de la escuela con los campos de experiencia que configuran las nuevas sensibilidades, los nuevos lenguajes y las escrituras informáticas. A comienzos de los anos 90 un Grupo de Consulta de la UNESCO sobre el Espacio Audiovisual Latinoamericano, en ciudad de México, tradujo a preguntas estas preocupaciones: ")Queremos o no preservar y fortalecer los recursos humanos, tecnológicos y culturales del espacio audiovisual latinoamericano que hemos venido generando desde hace un siglo?. )Deseamos sostener e incrementar la capacidad productiva de nuestras propias imágenes o aceptamos convertirnos colectivamente en meros transmisores de imágenes ajenas?. )Intentamos vernos en esos espejos socioculturales que constituyen nuestras pantallas o renunciamos a construir nuestra identidad, nuestra posibilidad de ser colectivo y reconocible?". Y puesto que en una economía cada día más globalizada el ámbito de referencia de las políticas culturales rebasa lo nacional necesitamos que nuestros países se decidan a concertar e intercambiar sus propias producciones, impulsando al mismo tiempo la exportación de lo nuestro y la importación de lo que producido en cualquier lugar del mundo venga a fortalecer y enriquecer la identidad y pluralidad de nuestros pueblos.
Creo que las preguntas señaladas enlazan con estas otras tres que, a la vez que condensan el sentido de este documento, permiten su aplicación en el trabajo cotidiano de las instituciones y organizaciones que convocan este evento:
- )Cómo asumir la nueva relación entre cultura y comunicación en lo global sin que la experiencia que hoy tenemos de la diversidad cultural no desemboque en el estallido de lo social y en un escepticismo radical acerca de las posibilidades de convivir en lo local?.
- ) Cómo hacerse cargo de los profundos cambios que sufren las culturas cotidianas y las sensibilidades de la gente de modo que los procesos de comunicación que movilizan nuestras instituciones sean capaces de traducir a los nuevos "idiomas" y lenguajes los valores y solidaridades que buscamos impulsar?
- ) Qué estamos haciendo en el campo de la comunicación para hacer frente a la fragmentación y la exclusión social que la orientación mercantil de la globalización está produciendo en nuestras sociedades?.
- ) Cómo,
a través de que procesos y medios, están trabajando nuestras
instituciones en la puesta en comunicación de los pueblos y países
que conforman América Latina?
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