Ponencia en el 1er Encuentro Continental de Comunicadores Católicos convocado por el DECOS- CELAM y OCIC-AL, UCLAP y UNDA-AL
El communicare eclesial: camino de comunión
Introducción
El 6 de septiembre
de 1968, fueron presentadas las conclusiones de la Segunda Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, que se encontraba en busca de “una
nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación
de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II”.
Era una década
de esperanza y contestación, de movimientos estudiantiles y obreros
en busca de reivindicaciones sociales; de crisis próxima debida
al fracaso de los modelos de desarrollo y la problemática del petróleo
en Occidente; de una Iglesia renovada por el aggiornamento del Concilio.
El documento de
Medellín se centró en tres grandes áreas:
La promoción
del ser humano y de los pueblos hacia los valores de la justicia, la paz,
la educación y la familia.
La necesidad de
una adaptada evangelización y maduración en la fe de los
pueblos y sus élites, a través de la catequesis y la liturgia.
Los problemas relativos
a los miembros de la Iglesia, que requieren intensificar su unidad y acción
pastoral a través de estructuras visibles, adaptadas a las nuevas
condiciones del continente.
Junto con la referencia
a estructuras visibles ligadas a temas como movimientos de laicos, sacerdotes,
religiosos, formación del clero, pobreza de la Iglesia y pastoral
de conjunto, el documento de Medellín abordó en forma extensa
los novedosos “medios de comunicación social”.
A la luz del Decreto
Inter Mirifica, las conclusiones de Medellín prefiguraron temas
esenciales que hoy nos desafían aún con mayor fuerza. En
particular, las referencias a “una nueva cultura, producto de la civilización
audiovisual que, si por un lado tiende a masificar al hombre, por otro
favorece su personalización” (Medellín, Conclusiones 16,1),
dejaron clara la urgencia de la reflexión, la capacitación
y la organización en todo lo relacionado con el manejo pastoral
de la comunicación social:
La comunicación
social es hoy una de las principales dimensiones de la humanidad. Abre
una época. Produce un impacto que aumenta en la medida en que avanzan
los satélites, la electrónica y la ciencia en general.
Los medios
de comunicación social (MCS) abarcan la persona toda. Plasman al
hombre y la sociedad. Llenan cada vez más su tiempo libre. Forjan
una nueva cultura, producto de la civilización audiovisual que,
si por un lado tiende a masificar al hombre, por otro favorece su personalización.
Esta nueva cultura por primera vez se pone al alcance de todos, alfabetizados
o no, lo que no acontecía en la cultura tradicional que apenas favorecía
a una minoría.
Por otra parte,
estos medios de comunicación social acercan entre sí a los
hombres y pueblos, los convierten en próximos y solidarios, contribuyendo
así al fenómeno de la socialización, uno de los logros
de la época moderna. (Medellín, Conclusiones 16,1).
Tres décadas
después, la Iglesia de Latinoamérica continúa en las
mismas búsquedas, pero con un agravante: hemos perdido tiempo precioso.
El mundo cambió ante nuestros ojos. Términos como globalización,
era de la información y revolución digital, son corrientes
en todo análisis que intente explicar el presente. Y todos ellos
tienen que ver con la noción de comunicación.
La memoria de los
siglos, acumulada con el paso de la historia, ha intervenido en la manera
como la Iglesia concibe y vive su modo contemporáneo de comunicación.
Históricamente, lo que la humanidad entiende por comunicación
ha ido adquiriendo una amplitud desmesurada, que puede resultar irritante
a los ojos de quien intente acercarse a comprenderla.
Cuando hablamos
de comunicación encontramos no sólo muchísimas definiciones,
sino que a veces se trata de conceptos que se contradicen entre sí.
Por eso, intentemos avanzar poco a poco, para no perdernos entre las definiciones.
Este texto se dirige
a personas interesadas en la comunicación, que desean enriquecer
su trabajo pastoral en la Iglesia. Entonces, comencemos por aclarar ese
escurridizo concepto de la comunicación, para llegar a hacer una
propuesta basada en el camino que la misma Iglesia ha ido trazando.
¿Desde dónde
hablamos de comunicación?
Antes de buscar
una respuesta, preguntémonos, cada uno de nosotros, lo que en verdad
se viene a nuestra cabeza cuando hablamos de comunicación. ¿Medios
modernos como la televisión? ¿Esquemas en donde aparecen
emisores, receptores y medios? ¿Tecnologías como el computador,
que nos cambian la vida a todos aunque ni siquiera las comprendamos?
En sentido amplio,
el término comunicación engloba las diferentes formas de
intercambio y circulación de personas, mensajes y bienes (Mattelart,
1995). Es decir, hablar de comunicación puede envolver, al mismo
tiempo, vías (carreteras, caminos, canales ), intercambio simbólico
(relaciones culturales) y, por supuesto, redes de teletransmisión
e industrias culturales (medios masivos, bancos y bases de datos, servicios
de informática y telecomunicaciones, editoriales y entretenimiento).
La historia de la
Iglesia no ha podido sustraerse a estos cambios: su relación con
la comunicación ha variado por igual en consonancias y disonancias
con los tiempos. Por ejemplo, durante 125 años (entre los siglos
XIX y XX), la Doctrina acerca de la Comunicación Social se basó
en un interés sectorial por cada medio en particular, donde predominaba
una actitud defensiva y una concepción instrumentalista-predicacional.
Antes de 1957 “no
hubo una reflexión sobre la comunicación social como tal,
ni sobre los medios en su conjunto, sino que los documentos aparecían
como reacción ante los problemas que iba suscitando cada medio con
su presencia y evolución específicas” (Pérez, 1996:
9). En tal sentido, la creación de las Organizaciones Internacionales
Católicas de Comunicación (UCIP, OCIC y Unda), entre 1927
y 1928, fue estimulada por la Iglesia ante
la evolución acelerada
de los llamados medios masivos, con el fin de que los católicos
influyeran en ese complejo universo de la prensa, el cine, la radio y la
televisión.
De hecho, Medellín
tenía muy clara su recomendación al respecto:
A fin de lograr
los objetivos específicos de la Iglesia, es necesario crear o fortalecer,
en cada país de América Latina, Oficinas Nacionales de Prensa,
Cine, Radio y Televisión, con la autonomía requerida por
su trabajo y con eficiente coordinación entre las mismas. (Medellín,
Conclusiones 16,19).
Estas oficinas
deben mantener estrecha relación con los Organismos Continentales
(ULAPC, UNDA -AL y SALOCIC) e Internacionales. De igual manera, dichos
Organismos han de prestar toda su colaboración al Departamento de
Comunicación Social del CELAM para estructurar planes a nivel latinoamericano
y promover su ejecución. (Medellín, Conclusiones 16,20).
Hoy, la mayoría
de las definiciones de la comunicación parece supeditada a los llamados
“medios de comunicación social”, cuya aparición reciente
se ha magnificado con el desarrollo incesante de las tecnologías
de punta en informática y telemática.
Pero, entre esta
maraña de posibilidades, ¿qué tipo de comunicación
es el que más interesa a los fines del Cristianismo? ¿Habrá
una manera de entender la comunicación, más coherente con
la Tradición y la Doctrina que iluminan nuestra labor?
En busca de las
raíces
Consideremos un
punto de partida que podría servirnos como acuerdo básico:
el Cristianismo es una religión de comunicación. [] La Iglesia es una red mundial de comunicación que busca unir a la familia humana con Dios. La comunicación de la Palabra y los Sacramentos se inscribe plenamente en el corazón del misterio de la Iglesia. La comunicación es una función esencial de la Iglesia, porque sustenta a los cristianos en su peregrinar hacia la realización plena del Reino de Dios (Granfield, 1994: 1 y 4).
Esta unión
de la familia humana con Dios nos da una primera pista del sentido original
de la palabra comunicación: no hay unión sin comunidad, ni
comunidad sin participación. Las raíces latinas son un buen
indicio para rastrear estos vínculos; por ejemplo, communis (común)
es raíz de communicare (sinónimo de comulgar, con el significado
de participar en común, poner en relación) y de sus derivados
communio-onis (comunión) y communicatio-onis (comunicación).
A la vez, en griego, el vocablo koinos (común) da lugar a koinonía,
como acto y realidad que resultan de com-partir, de poner en común.
La Iglesia (ekklesia
o asamblea convocada) primitiva nació bajo esta concepción.
De hecho, desde su origen relacionó la proclamación del Evangelio
con la participación en una comunidad (“Lo que hemos visto y oído
se lo damos a conocer, para que estén en comunión con nosotros” 1
Jn 1, 1-3) que implicaba compartir el pan y los bienes (Hch 2, 42-47;
4, 32-35).
Communicare, con
su sentido pleno de hacer común, compartir, tener acceso y participar,
ingresó así en la Vulgata, la versión latina de la
Biblia, en el siglo IV, traducida por San Jerónimo, presbítero
y doctor de la Iglesia, para ser leída al vulgo o pueblo europeo.
Y es con este sentido básico de “participar en” que el vocablo comunicación
aparece en lenguas modernas como el francés, el español y
el inglés, desde mediados del siglo XIV, aun con acepciones antiguas
(a partir del siglo IX) que comprenden incluso la unión de los cuerpos
(Pérez, 1996; Winkin, 1982).
Hasta el siglo XVI, «comunicar» y «comunicación» están, pues, muy próximos a «comulgar» y «comunión», términos más antiguos (siglos X-XII) pero procedentes también de communicare. [] en el siglo XVI aparece (en francés) el sentido de «practicar» una noticia. Desde entonces hasta fines del siglo, «comunicar» comienza a significar también «transmitir» (una enfermedad, por ejemplo) (Winkin, 1982: 12).
En su Coloquio de
los perros, Miguel de Cervantes, en 1613, decía que “el andar tierras
y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”. Y, en ese
mismo siglo XVII, la comunicación ingresó al vocabulario
científico, tanto en su acepción de transmitir (“el imán
comunica su virtud al hierro”, 1690), como en nuevas significaciones ligadas
al desarrollo de las técnicas, el comercio, la construcción
de canales (“para comunicar la navegación de los ríos entre
sí”, 1699) y caminos, y la racionalización del trabajo (Wilkin,
1982: 12; Mattelart, 1995: 9 y 23).
En el transcurso
de los siglos XVII y XVIII (cuando no existían todavía “los
medios masivos de comunicación”), las primeras ideas sobre el control
del movimiento (por ejemplo, de los ejércitos) y la creación
de un mercado nacional, a través de un sistema de “vías de
comunicación”, cambiaron radicalmente el sentido original del communicare.
Participar y compartir
pasaron a un segundo plano, pues el significado original de la comunicación
cedió su lugar a la idea de transmisión y medios que predomina
en todas las definiciones que manejamos hoy.
De hecho, el documento
de Medellín le otorgó un papel prioritario a esta visión
de la comunicación: “los medios de comunicación social son
uno de los factores que más han contribuido y contribuyen a despertar
la conciencia de las grandes masas sobre sus condiciones de vida” (n. 16-2);
y les atribuyó un optimista papel protagónico en dicho proceso:
Sin estos medios no podrá lograrse la promoción del hombre latinoamericano y las necesarias transformaciones del continente. De esto se desprende [] la necesidad absoluta de emplearlos a todos los niveles y en todas las formas de la actividad pastoral de la Iglesia (n. 16-24).
Incluso, Medellín se preocupó muy temprano por la formación académica de comunicadores; y las universidades católicas se apresuraron a brindar respuestas con el impulso o la creación de nuevas escuelas y facultades de la especialidad:
Dada la dimensión social de estos medios y la escasez de personal cualificado para actuar en ellos, urge suscitar y promover vocaciones en el campo de la Comunicación Social, especialmente entre los seglares (n. 16-13).
Pero faltaban todavía
unos años para ver el panorama completo: la comunicación
más allá de los medios técnicos.
Nuevos signos de
los tiempos
A partir del siglo
XVIII, la comunicación fue adquiriendo la función de garantizar
la continuidad entre producción y consumo, entre trabajo y espectáculo,
y también asumió la tarea de contribuir a la gestión
técnica de la opinión (encuestas, sondeos y opinión
pública).
Finalmente, al terminar
el siglo XX, la comunicación ganó el carácter de motor
de la economía y de la sociedad. Veamos unos datos que reflejan
nuestra situación actual:
Los sectores
industriales de televisión por suscripción, telecomunicaciones,
televisión e informática representaron, en conjunto, una
facturación mundial de casi un trillón (un millón
de billones) de dólares, durante el año 1997. Para 1994,
en el mundo había cerca de mil millones de televisores en uso, de
los cuales 35% estaban en Europa, 32% en Asia, 21% en Estados unidos y
tan sólo el 8% en América Latina (ABTA, 1998).
En 1995, al
tiempo que se alcanzó la cifra de 150 millones de computadores personales
instalados en el mundo, se calculaba que Internet, la red de redes, agrupaba
dos millones de computadores a través de 21.000 redes, cinco millones
de nodos y entre 20 y 40 millones de usuarios distribuidos por un número
de países que iba de 60 a 168.
Sin embargo,
aunque Internet dobla su tamaño cada 50 días y en 1998 se
calculaba que cada cuatro segundos surje un nuevo sitio Web, el 98% de
los usuarios fue identificado como el típico varón joven
-con promedio de 21 años o menos-, anglosajón, urbano y de
clase privilegiada.
Por otra parte,
su uso por zonas geográficas fue calculado en 73,3% para Estados
Unidos; 10,82% para Europa; 8,44% para Canadá y México; 3,63%
para Oceanía; 1,81% para Asia; 0,58% para Sudamérica; 0,44
para África; 0,14 para el Caribe y 0,11 para América Central
(Litherland, 1995; Ellis, 1995; Millán, 1996; Godoy, 1996; Negroponte,
1998a).
Ese es el contexto
del llamado “proceso de globalización”, que hoy en día ya
no podemos seguir mirando como un concepto sino como un hecho constatable,
un cambio de época, marcado por la transformación radical
de la cultura, la política y la economía, que se ha completado
históricamente gracias a la digitalización de las tecnologías
de información, el uso generalizado del computador y la expansión
de redes telemáticas planetarias.
Pero tuvimos que
esperar la llegada de la Instrucción Pastoral Aetatis novae (la
llegada de una nueva era), publicada en 1992 por el Pontificio Consejo
para las Comunicaciones Sociales, en el vigésimo aniversario de
Communio et progressio, para reconocer la dimensión del cambio global:
[] lo que saben y piensan los hombres y las mujeres de nuestro tiempo está condicionado, en parte, por los medios de comunicación; la experiencia humana como tal ha llegado a ser una experiencia de los medios de comunicación. [] (Su uso) ha dado origen a lo que se ha podido llamar “nuevos lenguajes” y ha suscitado posibilidades ulteriores para la misión de la Iglesia así como nuevos problemas pastorales (n. 2).
Aetatis novae ofreció, además, un contexto histórico doble, para entender el fenómeno actual de la comunicación social. Por una parte, se refirió al contexto cultural y social:
El cambio que hoy se ha producido en las comunicaciones supone, más que una simple revolución técnica, la completa transformación de aquello a través de lo cual la humanidad capta el mundo que le rodea y que la percepción verifica y expresa.
[] El entramado cada vez más estrecho de los medios de comunicación con la vida cotidiana influye en la comprensión que pueda tenerse del sentido de la vida. [] Para muchas personas la realidad corresponde a lo que los medios de comunicación definen como tal (n. 4).
Por otra, reconoció el nuevo papel de la comunicación en el sistema económico y político global:
Las estructuras económicas de las naciones dependen de los sistemas de comunicaciones contemporáneas. [] en muchos casos los sistemas públicos de telecomunicaciones y de difusión han sido sometidos a políticas de falta de normativa y de privatización.
Del mismo modo que el mal uso del servicio público puede llevar a la manipulación ideológica y política, así, la comercialización no reglamentada y la privatización de la difusión tienen profundas consecuencias. En la práctica, y frecuentemente de forma oficial, la responsabilidad pública del uso de las ondas está infravalorada. Se tiende a evaluar el éxito en función del beneficio y no del servicio.
[] Ante el aumento de la competencia y la necesidad de encontrar nuevos mercados, las empresas de comunicaciones revisten un carácter cada vez más “multinacional” (n. 5).
Y frente a este contexto, la Instrucción Pastoral nos ofreció un diagnóstico problemático que le abre las posibilidades a otros medios y expresiones fuera de lo masivo:
En la situación
actual, ocurre que los medios de comunicación exacerban los obstáculos
individuales y sociales que impiden la solidaridad y el desarrollo integral
de la persona humana. Estos obstáculos son especialmente el secularismo,
el consumismo, el materialismo, la deshumanización y la ausencia
de interés por la suerte de los pobres y los marginados (n. 13).
No se puede
aceptar que el ejercicio de la libertad de comunicación dependa
de la fortuna, de la educación o del poder político (n. 15).
Conociendo
la situación existente en tantos lugares, la sensibilidad por los
derechos y los intereses de las personas frecuentemente puede incitar a
la Iglesia a promover otros medios de comunicación. En el campo
de la evangelización y la catequesis, la Iglesia deberá tomar
medidas a menudo para preservar y favorecer los “medios de comunicación
populares” y otras formas tradicionales de expresión, reconociendo
que, en determinadas sociedades, pueden ser más eficaces para la
difusión del evangelio que los medios de comunicación más
modernos, porque posibilitan una participación personal mayor y
alcanzan niveles más profundos de sensibilidad humana y de motivación.
[] Los medios
de comunicación tradicionales y populares no sólo representan
un importante cauce de expresión de la cultura local, sino que también
posibilitan el desarrollo de una competencia en la creación y en
la utilización de los medios de comunicación. [] Sea cual
fuere la situación, es preciso que los ciudadanos puedan tomar parte
activa, autónoma y responsable en las comunicaciones, pues influyen,
de muchas formas, en sus condiciones de vida (n. 16).
La nueva era descrita
por el documento se refiere al hecho de que hoy disponemos de nuevos servicios
informativos, financieros, educativos y de entretenimiento, que están
cambiando incluso a los medios tradicionales, tal como los conocíamos.
La llamada realidad
multimedial, se basa en la posibilidad de trasladar libremente de un medio
a otro sus respectivas cualidades. Tecnologías hasta ahora dispersas
en aparatos y servicios sin relación directa, convergen ahora en
un solo lenguaje digital para todos los medios y un único cable
para todos los servicios de voz (telefonía), video (programas de
TV) y datos (transacciones bancarias, bancos de datos especializados, navegación
en Internet, entre otros).
Todas las sociedades
humanas se están reestructurando alrededor de un mismo eje: una
economía basada en la tecnología de las redes, con muchos
centros en incontrolable interacción, y con capacidad para reorganizar
las relaciones sociales, culturales y políticas, los modos de producción
y distribución, el crecimiento económico, la competitividad
empresarial y el empleo.
Recuperar el communicare
El retorno a las
culturas locales y su expresión, y a la participación de
las personas en los procesos de comunicación, tal como lo propone
Aetatis novae, tiene las características de una explícita
recuperación del communicare, pero puesta en el contexto contemporáneo
de la cultura de la imagen.
Por fortuna, la
Iglesia de América Latina ha peregrinado en esa dirección
y es mucho lo que se ha avanzado con la herencia de Medellín, en
Puebla y Santo Domingo.
El documento de
Puebla, en 1979, dejó rumbos indicados cuya actualidad es permanente.
Uno de ellos, referido explícitamente a la comunicación,
logró relativizar con claridad la manera de entender este campo,
ampliando la solicitud de Medellín, a pesar de mantener subrayada
la idea de la transmisión:
La evangelización, anuncio del Reino, es comunicación; por tanto, la comunicación social debe ser tenida en cuenta en todos los aspectos de la transmisión de la Buena Nueva (n. 1063).
Sin embargo, los Obispos en Puebla también tenían clara una limitación al respecto:
La Iglesia
ha sido explícita en la doctrina referente a los Medios de Comunicación
Social publicando numerosos documentos sobre la materia, aunque se ha tardado
en llevar a la práctica estas enseñanzas (n. 1075).
La Iglesia
de América Latina ha hecho en los últimos años muchos
esfuerzos en favor de una mayor comunicación en su interior. Sin
embargo, en muchos casos, lo realizado hasta ahora no responde plenamente
a las exigencias del momento (n. 1079).
Al concebir la evangelización como comunicación; al advertir que “los medios propios no están integrados entre sí ni en la Pastoral de Conjunto” (n. 1076), y al buscar mayor comunicación en el interior de la Iglesia, el Documento de Puebla relacionó por entero las múltiples dimensiones comunicacionales que están comprometidas en cualquier esfuerzo evangelizador, más allá de los medios masivos. De hecho, reconoció que
La comunicación como acto social vital nace con el hombre mismo y ha sido potenciada en la época moderna mediante poderosos recursos tecnológicos (n. 1064).
En ese sentido, Puebla mostró una aproximación muy diferente al fenómeno y una gran capacidad de recuperar el communicare original: una cosa es mirar la comunicación sólo como aquello que pasa en y por los medios, y otra muy diferente el reconocer que éstos la potencian para bien o para mal, pero que lo comunicacional va mucho más allá de ellos, tiene como punto de partida el testimonio y es un proceso que abarca la liberación, la comunión y la participación (García, s.f.):
La libertad
implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer
de nosotros mismos a fin de ir construyendo una comunión y una participación
que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables:
la relación del hombre con el mundo, como señor; con las
personas como hermano y con Dios como hijo (n. 322).
[] la verdadera
comunicación personaliza, integra a la comunidad y transforma al
mundo circundante en forma cada vez más amplia (n. 1045). [] La
comunicación profunda no es sólo entrega de mensajes sino
de la persona (n. 684). (El diálogo) tiene siempre un carácter
testimonial, en el máximo respeto de la persona y de la identidad
del interlocutor. El diálogo tiene sus exigencias de lealtad e integridad
por ambas partes (n. 1114).
Cuando en Puebla
se habla de testimonio, no se trata de un afán presuntuoso de mostrarse
o de dar ejemplo. Es dejar obrar a Dios a través de uno, de modo
que la iniciativa sea suya. Esto es lo que da una profundidad trascendente
a la comunicación (García, s.f.: 9 y 10).
Al hacerse parte
de la vivencia del evangelio, la comunicación adquiere una dimensión
más compleja, pero también más trabajable desde el
punto de vista pastoral: además de nuestro testimonio, quienes estamos
ejerciendo una labor especializada en el mundo de la comunicación
también tenemos otros desafíos por delante. Mucho más
si asumimos el llamado de los Obispos de Puebla:
a cuantos ejercen
cargos y misiones en los variados campos de la cultura, la ciencia, la
política, la educación, el trabajo, los medios de comunicación
social, el arte [] a ser constructores de la Civilización del Amor,
según luminosa visión de Paulo VI, inspirada en la Palabra,
en la vida, en la donación plena de Cristo y basada en la justicia,
la verdad y la libertad (n. 8).
El amor cristiano
sobrepasa las categorías de todos los regímenes y sistemas,
porque trae consigo la fuerza insuperable del Misterio Pascual, el valor
del sufrimiento en la Cruz y las señales de la victoria y resurrección.
El amor produce la felicidad de la comunión e inspira los criterios
de participación (n. 8).
Con esas palabras,
el Documento de Puebla construye uno de sus más grandes desafíos:
la Civilización del Amor como proyecto histórico de nueva
sociedad. Lo cual, tiene el significado de vivir el evangelio en tres dimensiones:
Dando testimonio
en nuestra vida personal de que el amor es posible.
Pensando el mundo
(reflexión) para transformar la realidad y construir una nueva sociedad
conforme a los valores evangélicos.
Actuando en el mundo,
para construir, en el proceso, nuevas estructuras que guarden mayor coherencia
con el objetivo final de alumbrar una nueva sociedad (Eroles, 1980).
Allí ingresa
con mayor claridad un trabajo específico con los medios de comunicación:
Jesucristo quiso que su acción continuara públicamente y no sólo en el secreto de las conciencias. Por eso envió a sus discípulos no sólo a conversar en privado, sino a anunciar y predicar. Por eso la Iglesia necesita usar medios de comunicación pública. Tiene que publicar el mensaje salvador “desde los tejados” (Mt 10, 27). Ella es un signo perceptible de la comunión que Dios quiere establecer (García, s.f.: 29).
Este nuevo lugar y función de los medios también lo plantearía el Papa Juan Paulo II, en 1990:
Hoy en día a nadie se le ocurriría ya pensar en las comunicaciones sociales o hablar de las mismas como simples instrumentos o tecnologías. Más bien ahora se las considera como formando parte de una cultura aún inacabada (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones).
Al año siguiente, en su Redemptoris missio, Su Santidad lo expresaría en forma mucho más incisiva, presentando el asunto como un problema complejo y hablando ahora del mundo de la comunicación y su nueva cultura, y no apenas de los medios:
El primer areópago
de la sociedad moderna es el mundo de la comunicación, que está
unificando a la humanidad y transformándola en una “aldea global”,
como suele decirse. [] Quizás se ha descuidado un poco ese areópago:
generalmente se privilegian otros instrumentos para el anuncio evangélico
y para la formación cristiana [].
Sin embargo,
el trabajo en estos medios no tiene como objetivo solamente multiplicar
el anuncio. Se trata de un hecho más profundo, porque la evangelización
misma de la cultura moderna depende en gran parte de su influjo. No basta,
pues, usarlos para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la
Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta “nueva cultura”
creada por la comunicación moderna.
Es un problema
complejo, ya que esta cultura nace, aún antes que de los contenidos,
del hecho mismo que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes,
nuevas técnicas, nuevos comportamientos sicológicos (n. 37).
Con esta base, la Iglesia avanza hasta manifestar el gran desafío del fin de siglo, promulgado por el Papa Juan Paulo II y el Documento de Santo Domingo: una Nueva Evangelización, basada en la inculturación del Evangelio por vías comunicacionales, en su sentido más amplio:
¿Cómo
debe ser esta Nueva Evangelización? El Papa nos ha respondido: Nueva
en su ardor, en sus métodos y en su expresión (Santo Domingo,
n. 28).
[] Nuevas
situaciones exigen nuevos caminos para la evangelización. El testimonio
y el encuentro personal, la presencia del cristiano en todo lo humano [].
Se ha de emplear, bajo la acción del Espíritu creador, la
imaginación y creatividad para que de manera pedagógica y
convincente el Evangelio llegue a todos. Ya que vivimos en una cultura
de la imagen, debemos ser audaces para utilizar los medios que la técnica
y la ciencia nos proporcionan, sin poner jamás en ellos toda nuestra confianza.
Por otra parte
es necesario utilizar aquellos medios que hagan llegar el Evangelio al
centro de la persona y de la sociedad, a las raíces mismas de la
cultura [] (n. 29).
Nueva en su
expresión. Jesucristo nos pide proclamar la Buena Nueva con un lenguaje
que haga más cercano el mismo Evangelio de siempre a las nuevas
realidades culturales de hoy. Desde la riqueza inagotable de Cristo, se
han de buscar las nuevas expresiones que permitan evangelizar los ambientes
marcados por la cultura urbana e inculturar el Evangelio en las nuevas
formas de la cultura adveniente.
La Nueva Evangelización
tiene que inculturarse más en el modo de ser y de vivir de nuestras
culturas, teniendo en cuenta las particularidades de las diversas culturas,
especialmente las indígenas y afroamericanas. (Urge aprender a hablar
según la mentalidad y cultura de los oyentes, de acuerdo a sus formas
de comunicación y a los medios que están en uso).
Así,
la Nueva Evangelización continuará en la línea de
la encarnación del Verbo. La Nueva Evangelización exige la
conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser
coherente con el Concilio. Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en
la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad;
con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más
claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación
universal (n. 30).
Desde el punto de
vista del communicare cristiano, todo creyente es comunicador, porque asume
la misión de evangelizar tanto con lo que piensa y dice, como con
lo que hace; en tanto el fin primero de su comunicación es la comunión.
Si todos los bautizados comunicamos la Buena Nueva, no sólo con
palabras sino con obras, actos, gestos, en fin, todo aquello que adquiere
un significado en la cultura, todos los bautizados somos corresponsables
en la misión comunicadora de la Iglesia.
En esta concepción
de la comunicación eclesial, pues, se hace visible el porqué
Puebla urgía que
[] la Jerarquía y los agentes pastorales en general conozcan, comprendan y experimenten más profundamente el fenómeno de la comunicación social, a fin de que se adapten las respuestas pastorales a esta nueva realidad, y se integre la comunicación social en la Pastoral de Conjunto (n. 1084).
Una urgencia que Santo Domingo reforzaría en sus líneas pastorales, con la relación plena entre comunicación, educación, cultura y evangelización:
La Educación
es la asimilación de la cultura. La Educación cristiana es
la asimilación de la cultura cristiana. Es la inculturación
del evangelio en la propia cultura. Sus niveles son muy diversos: pueden
ser escolares o no escolares, elementales o superiores, formales o no formales.
En todo caso la educación es un proceso dinámico que dura
toda la vida de la persona y de los pueblos. Recoge la memoria del pasado,
enseña a vivir hoy y se proyecta hacia el futuro (n. 263).
Así
se da una relación muy íntima entre evangelización,
promoción humana y cultura, fundada en la comunicación, lo
que impone a la Iglesia tareas y desafíos concretos en el campo
de la comunicación social. [] esta comunicación es camino
necesario para llegar a la comunión (comunidad) [] Lo dijo el Papa
en el discurso inaugural de esta Conferencia: “Intensificar la presencia
de la Iglesia en el mundo de la Comunicación ha de ser ciertamente
una de vuestras prioridades” (n. 279).
Se debe poner
todo empeño en la formación técnica, doctrinal y moral
de todos los agentes de pastoral que trabajan en y con los medios de comunicación
social. Al mismo tiempo es necesario un Plan de educación orientado
tanto a la percepción crítica, especialmente en los hogares,
como a la capacidad de utilizar activa y creativamente los medios y su
lenguaje, utilizando los símbolos culturales de nuestro pueblo (n.
284).
Buscaremos
también impulsar una eficaz acción educativa y un decidido
empeño por una moderna comunicación (n. 300).
La Buena Nueva como
comunicación
Desde el Concilio
Vaticano II, la Iglesia ha querido ser signo de salvación para el
mundo. Por eso, su vivencia de la communio busca ser modelo para todos
los seres humanos y las naciones, así como sacramento, signo e instrumento
de unidad y paz.
Sus compromisos
con la justicia, la paz y la libertad para todas las personas y las naciones,
y con la civilización basada en el amor, son su perspectiva fundamental
(Kienzler, 1994).
Evangelizar
significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de
la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la
misma humanidad […] la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina
del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia
personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están
comprometidos, su vida y ambiente concretos.
[…] lo que
importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como un barniz superficial,
sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces-
la cultura y las culturas del hombre […].
La Buena Nueva
debe ser proclamada, en primer lugar, mediante el testimonio […] que comporta
presencia, participación, solidaridad y que es un elemento esencial,
en general el primero absolutamente en la evangelización (Evangelii
nuntiandi, ns. 18, 20 y 21).
De esta manera se
va afianzando la evangelización de la cultura como nuevo nombre
de la Pastoral, y como misión eclesial única y esencial,
que concibe la Buena Nueva como communicare; es decir, un acto de comunicación
en el horizonte de la comunión: vida y acción de la Iglesia
compartidas en comunidad.
El Concilio Vaticano
II marcó, pues, un camino tan claro que su pensamiento sobre la
pastoral y la comunicación mantiene toda su vigencia. Con su nueva
eclesiología, logró reconstituir la comunión como
fundamento de la acción pastoral, de manera tal que el communicare
eclesial reapareció con toda su fuerza, hasta constituir el mayor
desafío comunicacional:
para ser fiel a su misión de sacramento, el sistema comunicativo de la Iglesia debería ser tan rico, que dejase transparentar, a través de su misma operatividad humana, algo de la plenitud de aquel misterio trinitario de comunicación y comunión del cual la Iglesia es portadora. De otro modo, nadie creerá en él: porque no verán en ella, es decir en su propio estilo de comunicación, ningún signo real de él (DECOS-CELAM, 1988, n. 209).
Estos ejes Conciliares se mantienen en los Lineamenta elaborados por el Vaticano, tras la intención manifestada en 1994 por el Papa Juan Paulo II -en su Carta Apostólica Tertio millenio adveniente- de convocar una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América, cuyas finalidades principales fueron:
- promover
una nueva evangelización en todo el Continente como expresión
de comunión episcopal;
- incrementar
la solidaridad entre las diversas Iglesias particulares en los distintos
campos de la acción pastoral;
- iluminar
los problemas de la justicia y las relaciones económicas internacionales
entre las naciones de América, considerando las enormes desigualdades
entre el Norte, el Centro y el Sur (Sínodo de los Obispos, 1996,
n. 2).
Sin embargo, a diferencia
de la reflexión sobre la comunicación alcanzada por documentos
eclesiales recientes, los Lineamenta limitaron lo comunicacional en dos
sentidos: por una parte, lo redujeron a “medios de comunicación
social y de los espectáculos”; por otra, reconocieron su acción
apenas como “campo para la conversión”, y ni siquiera lo mencionaron
entre los “campos y caminos para la comunión” (Sínodo de
los Obispos, 1996, ns. 24 y 40).
Esta comprensión
estrecha llama la atención, si se tiene en cuenta el significativo
avance de los conceptos elaborados en Puebla, Santo Domingo y Aetatis novae,
en relación con el communicare eclesial, sin olvidar el inmenso
aporte de Communio et Progressio:
La evangelización,
anuncio del Reino, es comunicación; por tanto, la comunicación
social debe ser tenida en cuenta en todos los aspectos de la transmisión
de la Buena Nueva (Puebla, 1979, n. 1063).
[…] se da
una relación muy íntima entre evangelización, promoción
humana y cultura, fundada en la comunicación, lo que impone a la
Iglesia tareas y desafíos concretos en el campo de la comunicación
social. […] esta comunicación es camino necesario para llegar a
la comunión (comunidad) (Santo Domingo, 1992, n. 279).
La comunicación
[…] es el reflejo de la comunión eclesial y puede contribuir a ella.
[…] Estamos llamados a traducir esto en palabras de esperanza y en actos
de amor, es decir, mediante nuestro modo de vida. En consecuencia, la comunicación
debe situarse en el corazón de la comunidad eclesial (Aetatis novae,
1992, n. 6).
La comunicación
eclesial, como camino para la comunión, necesita, hoy más
que nunca, reflejarse en palabra y obra, y en toda la acción pastoral.
Quizá la principal trampa del modelo de transmisión es que
permite reducir la comunicación a mensajes, sin preocuparse porque
éstos sean reflejo del communicare. Por el contrario, si colocamos
nuestras prioridades en la construcción del Reino, a través
de la búsqueda de la communio, los mensajes vendrán por añadidura…
La mirada alerta
Una vez que la lógica
del mercado se apodera de la circulación del conocimiento y la información
científica, aumenta el riesgo de profundización de nuestra
infopobreza. Por ejemplo, hoy orbitan el planeta unos 15.000 satélites,
muchos de los cuales están dedicados a la generación de datos
estratégicos a los que se suma la capacidad de investigación
aplicada.
¿Se
harán más ricos los ricos en información y más
pobres los pobres en información? ¿Se cerrará o se
ampliará la brecha? La pregunta puede también formularse
en términos de ricos y pobres en educación. La segunda categoría
incluye a cerca de 200 millones de niños que no terminan su educación
primaria.
El estado
del mundo, en cuanto al acceso a las tecnologías digitales, puede
verse como una copa a medio llenar o semi-vacía. Los optimistas
(como es mi caso) nos alegramos por el gran número de esfuerzos
que realizan por los niños en las comunidades rurales activistas
educacionales que, en contra de todas las apuestas, están llenando
el planeta de experimentos en el área de aprendizaje con base en
computadores y en la Red. Los pesimistas encuentran un escenario lóbrego
y predestinado al fracaso, agravado por fuerzas económicas que,
paradójicamente, se mueven en una dirección equivocada.
Las naciones
que tienen hoy las peores y más costosas telecomunicaciones son
precisamente aquellas que pagarán el precio más alto en términos
de desarrollo (Negroponte, 1998b).
Optimista o pesimista,
el panorama nos enfrenta a un mundo en el que la comunicación nos
desborda por su capacidad de influir la vida de las personas y las naciones.
De hecho, la Iglesia apenas ha comenzado a prestar una tímida atención
al campo de la producción de información estratégica,
cuyos ámbitos de acción están por completo alejados
de la órbita de los medios.
Campos como la biotecnología
y la ingeniería genética, y sus aplicaciones como las patentes
sobre seres vivos y la clonación de células, tienden hoy
a desarrollarse por encima de las políticas estatales y obedecen
más a la ambición científica y corporativa, que no
sólo realiza bioprospección sino biopiratería (Shiva,
1995).
Bacterias, hongos
y plantas están hoy sujetas a patentabilidad biológica de
empresas farmaceúticas que adquieren, en la OMC (Organización
Mundial del Comercio), derechos de propiedad intelectual.
El genoma humano
es objeto de competición entre laboratorios y corporaciones transnacionales.
Las semillas tradicionales se devalúan frente a variaciones “avanzadas”
producidas por laboratorios que, en el futuro, podrán comerciar
con el hambre de las poblaciones (Castro Caycedo, 1997; Kimbrell, 1996;
Osava, 1996; Otchet, 1995; Hathaway, 1995).
Este contexto hace
evidente que no es favorable a la búsqueda de comunión. El
individualismo competitivo trata de obtener beneficio de todo e, incluso,
de todos. Y eso debemos tenerlo en cuenta, con mucha claridad, quienes
tratemos de hacer comunicación con el horizonte de la comunión:
Se trata de navegar contra corriente y esto necesita mucho coraje. Por otra parte, al ser tan fuerte la corriente en dirección del individualismo y del materialismo con gran fuerza para generar soledad, por ese mismo hecho es más necesaria toda acción que vaya en dirección del encuentro humanizador, pero esto no hace disminuir la fuerza y valentía que se requiere para navegar contra corriente (Ysern, 1995: 5).
Puebla (ns. 1075,
1076) diagnosticó con mucha claridad que, pese a los documentos,
“en muchos casos, lo realizado hasta ahora no responde plenamente a las
exigencias del momento” (n. 1079). Y estas mismas exigencias nos desafían
a aprovechar todas las posibilidades comunicacionales, no sólo presentes
en cualquier sociedad, sino actuantes en la Pastoral de Conjunto, como
útiles instrumentos para la conversión pastoral de toda la
Iglesia.
Pese a la evidencia
de una concepción de la comunicación renovada desde el Concilio
Vaticano II y la Conferencia de Medellín, muchas Conferencias Episcopales,
diócesis y asociaciones de comunicadores de América Latina
y el Caribe todavía no alcanzan una labor coherentemente sustentada
en responder a las exigencias, quizás porque no se las conoce en
forma suficiente.
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